martes, 27 de octubre de 2020

El beso

 

Qué maravilloso es ir acercándose a alguien, mirándolo fijamente, sintiendo en su mirada el mismo nerviosismo, las mismas ganas que tú.

Acercar los labios muy lentamente, entreabriéndolos en el camino. Ni mucho ni poco, lo justo para dejar escapar el aire que los nervios constriñen.

Mirando alternativamente a los ojos y a la boca. Haciendo una leve pausa justo antes de llegar, para notar el roce del aliento del otro.

Avanzando de nuevo ya seguro, acariciando unos labios con los tuyos, sintiendo un escalofrío desde la coronilla hasta los dedos de los pies, pasando por el corazón y la entrepierna.

Entonces abres algo más los labios, cierras los ojos (si es que no lo hiciste antes) y dejas que tu lengua se aventure prudente hacia la otra que espera impaciente.

Y ambas se rozan, se juntan, se mojan, retozan, resbalan, se acarician, se saborean, se sorben, se comen, se derraman y se derriten.

Eso es un beso.


 

viernes, 22 de mayo de 2020

Nuevos besos

YO: ¿A qué van a saber los nuevos besos, esos que vamos a dar cuando todo sea como antes?
MI MENTE: No, como antes no quiero que sea.
YO: Vale, pues cuando sea como nunca.
MI MENTE: Eso, como nunca. Pero si es como nunca, ¿llegará algún día?
YO: Sí, algún día seguro que llega. Así que, ¿cómo serán esos besos?
MI MENTE: Yo creo que serán salados por las lágrimas que hemos llorado; amargos, por la bilis que se nos quedó en los labios, sin haberla podido vomitar del todo; tristes, por la añoranza que hemos sentido; secos, porque se nos habrán amojamado los labios de no usarlos; inexpertos, por no haber besado desde hace tanto...
YO: Pues yo espero que sean dulces, por la miel que hemos soñado; alegres, por la esperanza desbordada después de haberla contenido tanto; jugosos, porque se nos hará la boca agua del ansia; y sabios, porque ya no besaremos a cualquiera.

sábado, 16 de mayo de 2020

El amor en los tiempos del coronavirus

       Cuando toda esta pesadilla pase y les contemos a nuestros nietos (bueno, en mi caso a los nietos de mis amigas, que a este paso se me pasa el arroz, los fideos y todo lo que se me pueda pasar) cómo fue estar encerrados en casa un par de meses no podremos obviar el amor. O la falta de amor. O el intento de amor. O llamadlo como queráis.
     Poco se ha hablado del esfuerzo que hacemos los solteros para mantener la ilusión de que seguimos ligando como antes. Del afán de seguir conociendo a otros solteros. Del empeño que ponemos en que una recién estrenada relación prospere más allá de los confines del COVID-19.
      Yo tenía una vida social más o menos activa (más menos que más, para qué engañarnos, pero algo era algo). Tenía además mis redes sociales, mis páginas de contactos... Todo ello se fue al garete el 14 de marzo del presente año.
     Ese sábado en el que no iba a salir porque no me apetecía (no porque nadie me lo hubiera propuesto, que conste), pensé que estaría bien una paradita técnica para luego retomar con más ganas lo de ligar que, dicho sea de paso, me da por rachas y me llega a cansar.
      Pero lo que iban a ser quince días se convirtió en un mes, luego en un mes y medio... Y una ya vio que aquello estaba cambiando el mundo de las relaciones para siempre.
     Como soy inconstante por naturaleza, lo de descansar del ligoteo me duró lo que una bolsa de patatas fritas en una tarde de ansiedad con hambre compulsiva. Así que me lancé en picado a la red.
      Desastre. Creo que los peces que aún no estaban pasados o podridos habían encontrado ya algún acuario en el que nadar antes del confinamiento. Los que quedaban daban pena. Pero no hay que desesperar —me dije— y con una paciencia infinita y ojo de sexador de pollos avezado me dispuse a separa la paja del grano. Paja. Término muy usado, por cierto, durante la cuarentena.
      En fin, que poco a poco me fui haciendo con una agenda nada desdeñable de tipos que no daban ganas de echar a correr nada más verlos. Uno a uno (a veces de dos en dos, tengo que confesarlo) entablé conversación con ellos y los fui conociendo. Todos tenían la misma conversación: su trabajo, lo buenos tíos que eran y que, en cuanto terminara todo esto, quedaríamos para un café. Alguno más avispado ya iba avisando de sus intenciones y, en lugar de un café, afirmó que cuando nos viéramos lo primero que haría sería besarme.
       También había mendrugos que pretendían saltarse la ley a la torera y hacer una escapada hasta mi casa para comprobar el género y, ya de paso, aliviarse. No hace falta decir que aproveché para descargar sobre ellos la furia que de mala manera contenía por no poder hacer lo que me diera la realísima gana.
       De todos aquellos contactos no queda, a día de hoy, ni rastro en mi agenda. Unos se cansaron de esperar al café o encontraron a alguien dispuesto a ofrecérselo antes de hora. Otros me cansaron a mí con su empalagosa cháchara y otros acabaron bloqueados por imbéciles.
      Un día, entre imbécil e imbécil, me di cuenta de que en la finca de enfrente, también en el tercero, había un chico interesante. Coincidíamos todos los días a las ocho, ya sabéis, para aplaudir a nuestros héroes sin capa. Empezamos saludándonos con la mano, luego bailando al ritmo de Resistiré, más adelante nos gritamos algunas frases de balcón a balcón hasta que a él se le ocurrió anotarme su número de teléfono en un cartón grande.
     ¡Qué romántico me parecía todo aquello! Incluso me vi como una de las protagonistas de las novelas románticas que, de vez en cuando, leo compulsivamente. La cosa acabó muy distinta, por cierto, de todas esas novelas. No voy a extenderme en los detalles porque sería repetir lo que ya he dicho respecto a los mendrugos.
       En fin... Ahora que parece que vamos a vivir por fases estoy ansiosa por ver en cuál de ellas toca conocer al próximo mendrugo, imbécil, pusilánime, creído u otras variantes de lo mismo.
       En mi caso, conocer a alguien que valga la pena será más difícil que poner una pica en Flandes. Eso no lo ha cambiado el coronavirus.



sábado, 9 de mayo de 2020

Inadaptada


          No quiero volver. No quiero regresar a la normalidad si esta representa todo lo que he conocido hasta ahora; la hipocresía de la gente, las sonrisas por delante y las puñaladas traperas por detrás, el “me interesas cuando me convienes”, el “estoy contigo en la distancia” (pero sólo en la distancia, que es más cómodo), el consumismo desenfrenado, el “me tengo que comprar ropa que no tengo nada qué ponerme”, el postureo de Facebook, de Instagram, el “soy más feliz que tú”, el “soy más que tú” en general, las fotos posando, el desenfreno, la prisa, la velocidad, …
         No quiero retornar ni dar un paso atrás. Quiero franqueza aunque duela, quiero que Dios me libre de las aguas mansas que de las bravas ya me libro yo; quiero cercanía de calidad, de la buena, no de la interesada, no de la de cuando te sientas solo, no sólo cuando te sientas solo; quiero que no me juzgues por no comprar ropa nueva cada temporada, por no usar zapatos de tacón que estilizan más aún mis piernas, quiero que no me veas como un escaparate, ni como un trozo de carne; no quiero que me poseas; quiero poder ser desgraciada y estar triste sin sentirme culpable, sin que trates de cambiarme; pero sí quiero que me acompañes en mi tristeza, en silencio, de la mano, con un abrazo, sin intentar que haga lo que tú harías o lo que crees que yo debería hacer; quiero que no seas paternalista.
         Quiero ser libre, más libre aún. Quiero fotos robadas cuando no me doy cuenta de lo feliz que soy; fotos de las que se hacen con la memoria, no con el móvil; no quiero relojes, quiero tiempo; no quiero un aquí y ahora, quiero un siempre y en cualquier lugar.
         Quiero poder no tener a nadie al lado y no sentirme sola. Quiero no tener que quedar con nadie por convenciones sociales, para quedar bien, porque ya toca; quiero estar con gente que me quiera de verdad y que lo diga con hechos, no con tequieros.
         Quiero todo eso y más, no volver a la normalidad. Llámame inadaptada.
 

 
 
 

sábado, 4 de enero de 2020

Nos basta con soñar

     Recuerdo perfectamente ese día, aunque no recuerdo cuánto tiempo hace. Recuerdo dónde aparqué (y que me pusieron una multa), que fui con una bici en un par de cajas, cargada como una mula de un extremo a otro de aquella calle del casco antiguo. Recuerdo como a cámara lenta mi entrada en la tienda y tú girándote para verme. Llevabas una gorra de plato y unas gafas redondas. Todo ello te daba un aire peculiar, nada común. Me pareciste enorme, como un oso. Y temí hablarte.
     Fuiste tan amable... Correcto, distante. No dejabas de mirarme y yo me iba poniendo de los nervios a cada instante. Para cuando me insististe en que me subiera a tu bici ya no atinaba. Entre la falda de lápiz, el bolso, tú mirándome, y el tubo de la bici... Casi me caigo.
      Pero aceptaste. Y empezamos a mandarnos mensajes poniendo ideas en común para recuperar mi bici. Lo lograste y lo celebramos. Esa cena fue especial. Tú todo azorado, yo tratando de demostrar seguridad pero sin tenerlas todas conmigo. Tú tentándome a que te secuestrara y yo recogiendo el guante pero sin dar el paso ninguno de los dos.
      Y así empezó. Como un trabajo para ti que para mí suponía un inmenso favor.
     Y pasó el tiempo. Y paseamos, y nos contamos las penas, y volvimos a cenar y ese día te dije: “que sepas que ahora te voy a besar”. Te besé. Me besaste. Y nos abrazamos.
     Seguimos paseando por un tiempo, seguimos abrazándonos como osos, fuerte, apretado. Pero tú soñabas quimeras y yo te daba alas mientras invisibles lágrimas mojaban mi corazón.
     Te fuiste. Sin despedirte. Yo ya lo sabía. Sabía que no tenías el valor para darme un último abrazo, para mirarme por última vez a los ojos y decirme “hasta otra”. Cada vez que has vuelto he sabido que no te ibas a despedir. No ha habido último beso, última mirada, último adiós.
     Y ahora sigues soñando al lado del río mientras yo pienso en ti en la orilla de la playa. A veces, incluso soñamos juntos. Que nos encontramos en la meseta, que me recoges dándome un apretón enorme, que tenemos que parar varias veces porque necesitamos besarnos, que llegamos a ese valle, a esa casa que nos espera y que me cocinas porque te excita mientras yo te abrazo por detrás y trato de distraerte para que me colmes de besos y dejes el chuletón.
     Dejemos atrás a esos idiotas que no saben soñar, que no tienen esperanzas ni anhelos, que viven frustrados y que como única meta tienen la de frustrar a los demás. Dejemos atrás los miedos ajenos, los sermones y la cobardía de los infelices. Porque a nosotros nos basta con muy poco para sonreír. Nos basta con soñar.

jueves, 16 de agosto de 2018

Anónimo e impresentable

       Si eres quien yo creo que eres, ni eres anónimo ni necesitas presentarte porque, ciertamente, eres un impresentable. Un impresentable que sólo piensa en obtener lo que él quiere sin importar el daño que pueda hacer a los demás. Da igual que se lo hayan dicho por activa y por pasiva en innumerables ocasiones. Él (tú) no quiere escuchar ni entender, no presta atención a nada que no sean sus propias necesidades, sus propios instintos básicos. Eres, además, un impresentable orgulloso de serlo.

      Llegas tarde. Llegas tarde a muchas cosas. A felicitarme, a insistir, a pedir perdón, a mi cama, a mi vida. Estoy harta de impresentables que, además, van de víctimas, de “yo soy así porque el mundo me hizo así. He sufrido tanto...”.

     Estoy hastiada de egoístas que sólo halagan lo evidente para conseguir lo deseado, que sólo buscan arañar un poquito mi corazón, lo suficiente como para que se estremezca, pero no tanto como para que profundice ese sentimiento y sedimente.

      Sí, no hace falta que te presentes porque no tienes presentación posible, ni nombre, ni alma, ni nada. Ni siquiera eres ya el vano fantasma de niebla y luz de Bécquer, ese al que tanto ansía el enamorado del amor.

      No quisiste ser nada ni nadie cuando pudiste. No puedes ahora reclamar nada porque tu tiempo, nuestro tiempo, ya pasó. Ahora patalea, insiste, laméntate. Nada importa porque nada eres y nada me haces sentir. Eres, más que nunca, un anónimo que a nadie importa. Y mucho menos a mí.

martes, 15 de mayo de 2018

Infiel

        He empezado una nueva relación. Con el café. Antes no me gustaba y ahora, ahora tampoco, para qué nos vamos a engañar. Es como cuando conoces a un nuevo compañero de trabajo y nada más verle sabes que es un capullo. Luego, con el tiempo, te vas acostumbrado a su capullez, pero sabes que sigue siendo tan capullo como el primer día.
       La primera taza me sentó como un tiro. Creí morir de acidez. Había comprado un par de días antes unas cápsulas de ristretto nivel 10 y al primer sorbo mis ojos se achinaron, mi nariz se encogió y mi boca adoptó un rictus desagradable a más no poder. Tal cual como cuando subes al autobús y te toca al lado del que lleva siglos olvidándose el desodorante. Eso sí, me despejó la cabeza como si les hubiera metido un chute de adrenalina a mis neuronas.
       El segundo día pensé que debía calcular mejor la dosis. Como si de un yonqui se tratara me fui al súper a buscar lo que necesitaba. Ahí estaba: luongo, nivel 4. Vamos a probar.
      Nada. Absolutamente nada. Igual que con un amante inexperto o poco diestro: ni me excita, ni me pone nerviosilla, ni noto nada.
     Tercer intento. Recurro otra vez al súper. Esta vez descubro el forte, nivel 8. A ver qué pasa. Niente. Otro amante fallido. Ni frío ni calor.
     Esta relación no me lleva a ninguna parte, así que decido ser infiel. Esta mañana me he pasado otra vez por el puesto de avituallamiento. He paseado la vista por encima de las bebidas energéticas. No tienen mala pinta. Después de un rato de leer etiquetas, me decido por una lata grande, gorda y negra. Con esta descripción no debería dejarme indiferente, ¿no?
      Pues no, no me ha dejado indiferente. Por ahora el resultado ha sido positivo. Nivel de excitación, aceptable; de nerviosismo, lo suficiente como para no dormirme pero no tanto como para subirme por las paredes. Creo que esta relación puede funcionar...